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Resumen
- 02/12/2008 15:10 - El bosque laico.
- 12/12/2008 12:04 - Las Cuatro Estaciones.
- 19/12/2008 12:35 - Melancolía.
- 31/12/2008 11:48 - Feliz Año Nuevo.
El bosque laico.

"The Cross Veto", por Andrés Rueda.
Días atrás, tanto los renglones de la prensa como sus micrófonos hartaban sobradamente a cualquiera hablando de monjas maravillas y crucifijos en las aulas.
No deja de admirarme la pasmosa facilidad con que los media atienden a ciertos árboles y los convierten en culpables de que no veamos el bosque. Verbigracia, en el caso que nos ocupa, el bosque frondoso, vasto, evidente es la aconfesionalidad del Estado español y el ramaje que entrecruza y entorpece sus veredas, así como las malas hierbas que le crecen, son el porcentaje voluntario en la declaración de la renta, la presencia de la materia de religión en la enseñanza pública... (Hannah, te invito al atracón de puntos suspensivos).
En fin, me conformaré yo también aquí con despachar un par de comentarios acerca de los dos arbolitos de marras:
1. ARBOLITO MARAVILLAS:
Óiganme, señoras y señores: resulta que la monja Maravillas nació ahí mismito, en esa estancia de las Cortes Generales, y, por tanto, qué menos que una plaquita por caridad conmemorativa; después de todo, hubo en su familia algún que otro politicastro que, como los presentes, laboró en el edificio en cuestión. Y siempre hubiera sido mejor una plaquita —dorada, sería de esperar— que ponerle abiertamente a la calle tan circense hagiónimo, no en vano es la monjil una vida discreta y de recogimiento.
¿Y a qué conformarse? Para que la religión vaya invadiendo los espacios laicos, pues envidemos el resto y hagámoslo todo a lo grande. Contentarse con una plaquita conmemorativa de tres al cuarto me parece irresponsable conformismo. Lo suyo hubiese sido montar todo un chiringuito bajo techo como Dios —claro— manda, y promocionar la peregrinación de feligreses a tan beato lugar. Quién sabe si, al cabo, hubiese competido en fama con el compostelano camino: éxito mayúsculo. Sin duda, se habría impuesto entonces un traslado de la labor política a otro edificio. Así, taxativamente, hubiésemos podido hablar de invasión de los espacios laicos. Lástima que, como dirían en Venezuela, a Bono se le haya enfriado tan prontamente el guarapo y la iniciativa haya hecho agua.
2. ARBOLITO CRUCIFIJO:
¿Y lo del crucifijo en vallisoletana aula? No me digan... ¡Tanto revuelo por un solo crucifijo! Si se hubiese tratado de dos o tres..., o de cuatro o diez... Y ahí voy, ¿por qué no decenas?, mejor, cientos: uno al ladito de otro en todo ángulo y lado de pared hasta empapelarlas todas por entero. Exaltación jesuítica más que jesuita contra el hórror vacui. Y enseguida, obras mayores, una transformación definitiva del instituto: exijamos que los centros de enseñanza públicos se eleven sobre plantas de cruz latina. ¡Qué diantres!, ya puestos a defender la tradición cristiana de Occidente...
Lo cierto es que a mí, como a la Iglesia, se me hace difícil pensar que un crucifijo pueda ser una amenaza para la educación y el Estado laico. No así su imposición, sin embargo.
Vayan con Dios.
Las Cuatro Estaciones.

’Sala simfònica’, por Gaspard Winckler.
En 1641, el clavecinista francés Jacques Champion de Chambonnières, con el fin de ofrecer conciertos públicos, reunió a diversos músicos bajo el nombre de L’Assemblée des Honnestes Curieux. Tres siglos y medio más tarde, cuatro jóvenes instrumentistas virtuosos retomaban el espíritu de honestidad y curiosidad musicales para formar una nueva Assemblée.
Su recorrido artístico fue tan efímero como fulgurante. No obstante, poco después, en el año 2006, del corazón asambleario de Amandine Beyer, que lo era también de los Honnestes Curieux, nace Gli Incogniti, grupo virtuoso de música antigua europea: Alba Roca y Patrizio Germone —antes fue Flavio Losco—, violines; Marta Páramo, viola; Marco Cecatto, violoncello; Baldomero Barciela, violone; Francesco Romano, tiorba; Anna Fontana, clavicémbalo; y la propia Amadine Beyer, que, además de la dirección es el primer violín.
El nuevo grupo ha recibido el aplauso unánime de la crítica especializada y varios son ya los galardones que ha merecido la primera grabación integral de los conciertos para violín de J.S. Bach aparecida en abril de 2007. Su segundo trabajo discográfico, publicado hace apenas dos o tres meses, está dedicado a los conciertos para violín de A. Vivaldi, donde se incluyen los conocidos como Le Quattro Stagioni,
No soy en modo alguno un entendido en música clásica, pero me ha estado acompañando durante casi toda mi vida. Recuerdo —acaso sea esto mucho decir; espero que no me traicione mi querida desmemoria— algunas tardes estudiantiles de mis años mozos de instituto en que iba a casa de mi buen amigo Armando con el propósito, más que luego la realidad, de estudiar literatura o historia. Y recuerdo que en ocasiones él pinchaba en su plato una versión sinfónica de Le Quattro Stagioni: cara A del vinilo, para Primavera y Verano; cara B, para Otoño e Invierno. Ya entonces me resultaba imposible reprimir el efecto gallináceo en la piel, sobre todo ante el presto estival con que concluía aquella primera cara. Más tarde, aprendería la diferencia cualitativa que media entre una versión sinfónica como la que oíamos entonces y otra concertística barroca.
Ahora, hace apenas unos días, he tenido la placentera fortuna de poder asistir en la Sala Simfònica de l’Auditori de Girona al concierto en que Gli Incogniti, con sus angélicas cuerdas, ejecutaban los cuatro primeros conciertos del opus 8 de Vivaldi, más conocidos como Le Quattro Stagioni. Y, al salir, me acordé de Armando y las tardes de estudio, y de tantas y tantas otras tardes en que el veneciano me acompañaba, sedente yo, mientras trabajaba, leía, o conducía. Sin embargo, ello fue, como digo, al salir. Mientras la música sonaba, piel de gallina y algunas lágrimas. Se puede llorar, más allá de la tristeza o de la alegría, de pura belleza, sobre todo si se es poco menos que hiperestésico como barrunto que pueda ser yo. O gilí, vayan ustedes a saber.
Por cierto, el privilegio de la tarde sonora fue más allá, pues el programa se completaba con la primera audición mundial de un Concerto Grosso del propio Vivaldi, recientemente descubierto en la Biblioteca de Dresde.
(Pocos segundos crean tanta expectativa como el 54’’).
Melancolía.

"Agarrándose a la vida"
, por Águeda Galimany.
Nace la melancolía
en hojas de bronce
y muertas
de postreros suspiros
almados de álamos
junto al río
y se encarama
a un cielo
de paleta y lienzo
sin nubes
para conquistar
por los ojos
el ánimo
y derrotarlo.
Feliz Año Nuevo.

Detalle del árbol de Navidad, por Biel y Clàudia.
Ojalá todos tengamos un 2009 a la medida de nuestros deseos.



Ponte música:

























