Brochazo.

A los cuarenta, la vida se ofrece a la vista como un cuadro puntillista: si no consigues la distancia suficiente, no comprendes su sentido. Cada pequeño suceso vivido es como una diminuta y colorista pincelada.
Lástima que, en ocasiones, la sala del museo sea tan mínima que no nos permita una perspectiva suficiente.
Y lástima también de los brochazos de pintor de paredes.
The watering can , de Seurat.
Sofisma (o no).

Las cosas no cambian; cambiamos nosotros.
Henry David Thoreau.
La paloma.

Si a tu ventana llega una paloma...
12.17 h. Llegó.
Se ha posado tras el ventanal de cristales por limpiar. Y ha volado al asomarme, sin que pudiese contarle mis amores ni coronarla de flores ni tratarla con cariño por si era tu persona.
Retruécanos de la felicidad.

Voltaire en la corte de Federico II de Prusia, de Adolph Von Menzel.
Parece ser que uno de los reyezuelos —y no me refiero a esos de colorido plumaje entre el ramaje, claro— de los tiempos pretéritos franceses, a todas luces un Luis entre el XIII y el XVI, era desafecto a los retruécanos. Sabedores de ello, los nobles cortesanos cuyo amplio de frente iba más allá de los dos dedos se cuidaban mucho de que, en sus tertulias y pruebas de ingenio ante el monarca, saliese de sus bocas muestra alguna de semejante figura retórica. Acaso la manía tuviese que ver con aquel acertado "Si el rey no muere, el reino muere" que la tradición —y Marañón— señalan como perla de diatriba contra los estertóreos días de Felipe II. El dicterio en cuestión es un calambur, aunque, en un sentido lato, hay quienes lo refieren como retruécano.
Da igual... Si yo lo que quería era dejar aquí uno, en sentido recto, que mi corto ingenio elaborase tras leer cierto poema en que se hablaba de sueños y de vida. Ahí va: En esto del vivir, uno sólo puede ir tirando si llena sus sueños de vida o si llena su vida de sueños.
Claro, que lo que yo dicto no puede competir con aquel tan afamado retruécano de Tolstoi —Sartre lo remedaría, posteriormente— que reza: "El secreto de la felicidad no está en hacer siempre lo que se quiere, sino en querer siempre lo que se hace". Después de todo, "cuando no se puede lo que se quiere, hay que querer lo que se puede", que diría Terencio.
Podemos.

Recuerdo el pesimista descreimiento con que no hace muchos días empezaba toda esta martingala social del europeo balompedístico. Que España no pasa de cuartos era la idea que tenía en mente cualquier hijo de vecino, fuera hincha o periodista deportivo. Los cuartos eran algo así como el hado fatal que siempre se cierne inexorable sobre el héroe trágico.
Pero, claro, esto del fútbol no es ni remótamente una tragedia griega; tiene más de circo romano, ahora que el pan se nos pone tan caro. En fin, visto lo visto, es decir, cómo el oráculo no es infalible, la semifinal contra Rusia estaba, ya a priori, poco menos que chupada, máxime considerando que a los rusos ya se les había endosado un inaugural 4 -1.
Pues sí, así había de ser y así ha sido: 3 golitos más y derechitos a la final. Ahora sólo cabe esperar que aquella ingeniosa definición que del fútbol diese Gary Lineker no se ajuste a verdad. Dijo Garygol: "El fútbol es un juego de once contra once y, al final, gana Alemania".
Bueno, veremos..., que, de momento, a base de tanto podemos maltratador de tímpanos y azote de cerebros, parece ser que vamos pudiendo. Y da igual que sea con la camiseta roja, con la blanca o con la amarilla. Perdón: dorada; lo de gualda parece no habérseles pasado por la cabeza a los de la mercadotecnia de Adidas —aunque a mí se me antoja mostaza, la verdad—.
Acabo ya —no da para tanto el fútbol, si no es en cuanto a victorias culés o derrotas merengues—. Un pronóstico para el domingo: Alemania 1 - Podemos 2. Y tiempo habrá de apercibirse de que esto del balompié no nos resuelve la vida. Nunca han sido lícitas las martingalas.
Agradecimientos sanjuaneros.

Live Coal / Brasas (por SantiMB, too busy).
Ahora que las hogueras del solsticio ya se han extinguido, tanto como este puente de playeo, aprovecho para, desde aquí, reiterar mis felicitaciones a cuantos juanes y juanas conozco. Y a cuantos desconozco, felicidades, tocayos.
Gracias por todos los mensajes y llamadas recibidos. De verdad.
Alegri(í)a.
Sense més, que prou difícil és.
El avance de las ciencias.

Me da la impresión de que ya no es tan frecuente oír por ahí una frase que, no hace tanto, era lugar común en muchas conversaciones triviales. Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, solía decirse. Quizá mi premisa sea errónea y la expresión siga en boga; pero, cuando menos, yo he dejado de oírla.
Es cierto que el avance de las ciencias —y de la tecnología más aún, si cabe— es feraz y vertiginoso. Y acaso sea tal el motivo de declive en el uso de dicha expresión. Supongo que, tras estas últimas décadas en que el calendario se mide por inventos o descubrimientos tanto como por días y meses, eso del avance de las ciencias lo tenemos ya más que asumido. La expresión a que me refiero se nos ha hecho, pues, redundante en exceso, pleonástica. Sobra, en definitiva.
Y no obstante, pese a que pueda ser cierto lo que digo, yo reivindico su uso. Eso sí, su buen uso. Si la estamos desterrando, lo hacemos fundamentados en un error. La expresión Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad rara vez ha querido significar lo que evidencian sus palabras, esto es, que la ciencia avance. Generalmente, este dicho ha de utilizarse con sentido irónico; por ejemplo, para ponderar uno de tantos inventos necios o inútiles, o para maldecir, y no para encomiar, el funcionamiento de algo, por defectuoso. Ha de servirnos más para dejársela caer al amigo que todavía se conecta a la Red con un módem de 58 Kb, que para el abuelo, quien, atónito, se nos pasma ante la magia del pecé.
Y no es de extrañar que su uso fundamental sea irónico. La frase nació en insospechada cuna. Pudo oírse por vez primera en el teatro Apolo, de Madrid, el 17 de febrero de 1894, en el estreno de La Verbena de la Paloma, la famosa zarzuela, con música de Bretón y letra de Ricardo de la Vega — quien, por tanto, es el padre de la criatura— :
HILARIÓN:
El aceite de ricino
ya no es malo de tomar.
Se administra en pildoritas
y el efecto es siempre igual.SEBASTIÁN:
Hoy las ciencias adelantan
que es una barbaridad.
Biel: 'Poema de la por'

Recuerdo vivamente lo primero que dije a mi hijo recién nacido: has de ser de letras y del Barça. Nueve meses deseando que fuese una buena persona y, con la emoción del momento sólo acierto a decirle eso... Ahora, tras nueve años, el poco afecto blaugrana de que es capaz se debe tan sólo a una consecuencia natural del afecto que me tiene a mí y a sus amigos. En realidad, a él, eso del fútbol ni le va ni le viene. En cuanto a las letras, lo que yo había imaginado como entelequia, en el sentido filosófico —aristotélico— del término, se va quedando, a todas luces, justamente en una entelequia; mas en el sentído irónico de la palabra. Sin duda, prefiere las mates al caste —en casa del herrero, cuchillo de palo—. No obstante, desde hace un tiempo y de forma esporádica, Biel se sienta ante una hoja en blanco armado de bolígrafo o lapicero y escribe un cuento. O un poema, como éste. Quién sabe, después de todo, si ahora se dan estos antecedentes, acaso haya en el futuro unos consiguientes y lo esporádico ya no sea tal. Definitivamente, he revisado mi deseo: ojalá sea un hombre de ciencias humanista. M’em vaig al llit, Gabriel
per quedar-me adormit.
La foscor
em fa molta por.
Ah! sóc enmig d’un bosc,
ple d’aranyes i llops.
Cada vegada que cau una fulleta,
em mossega una aranyeta.
M’he trobat un castell,
habitat només per un vell.
Socors! el vell em vol matar,
a que trec el meu drac domesticat?
Ui, quin espant!
aquell somni ja m’estava espantant.
Però encara han quedat marquetes,
de les mossegades de les aranyetes!
Prístinos versos.

Sunset Waves, por Carlos jm.
El pincel transparente del viento
dibuja en las crestas de las olas
un mar aprendido
de alas de gaviota
espumosas alas blancas olas
con su vuelo breve
con su vuelo mínimo
van vienen van vienen
entre el nacimiento
y la muerte
eternamente.
Estos versos fueron escritos hace ya mucho tiempo y fueron los primeros capaces de eludir la acostumbrada hospitalidad de la papelera. Releídos ahora, vete tú a saber a qué debieron tanta suerte.
Ecoogler.

Os dejo aquí copiada esta entrada de Comella Firmet, de Ediciones Guallavito. Yo ya me he puesto a ello.
Ecoogler es un buscador ecológico, que surge de un acuerdo entre Google y la ONG Aquaverde. Gracias a este acuerdo, cada vez que realicemos una búsqueda, lograremos obtener una hoja de árbol. Una vez obtenidas 10.000 hojas, ellos se encargaran de plantar un árbol. Esto es muy bueno ya que las búsquedas son algo fácil de acumular.
ES MUY IMPORTANTE QUE SE LO PASES A TODOS TUS CONTACTOS Y TE LO PONGAS DE PÁGINA DE INICIO.
Google ha sacado un nuevo buscador para ayudar a repoblar el Amazonas y los bosques de todo el mundo. Se llama www.ecoogler.com http://www.ecoogler.com , funciona igual que el buscador google.com http://google.com y, cada vez que lo usemos, se donará una hoja (muchas hojas hacen un árbol).
ES MUY IMPORTANTE QUE LO PASES, ya que no nos cuesta nada y AYUDAMOS MUCHO.
Serendipia (enfoque lingüístico).
Llevo unos días haciendo acopio de vocablos ausentes en el DRAE para dar la murga a los doctos y eruditos académicos de la lengua con el fin de que nuestro normativo diccionario acreciente mínimamente su acervo lexicográfico. El momento parece oportuno, ahora que vamos disponiendo de los avances de la vigésima tercia edición.
Últimamente, he tropezado bastantes veces con la palabra "serendipia". En la tele, en internet, en la radio... No se molesten en buscarla en el lexicón, si es que todavía desconocen su significado: el DRAE no la registra y el María Moliner, tampoco —si bien es verdad que no dispongo de la última actualización—. No obstante en el DAE de M. Seco, O. Andrés y G. Ramos, pese a no aparecer tampoco el término, sí que figura "serendipidad". Atendiendo a que el étimo es la voz inglesa "serendipity", parece acertado que el calco por adaptación sea éste. Y así la han usado, por ejemplo, Alfredo Amestoy (1) o Amando de Miguel (2).
Otros hay cuya opción es el uso directo del extranjerismo. Mal vamos así. El caso más flagrante es el de la película que en 2001 protagonizaron John Cusak y Kate Beckinsale, claro que aquí seguramente tuvo algo que ver la mercadotecnia: poco vendería un filme titulado Serendipidad, mientras que vende mucho la contundencia titular de cualquier palabro anglosajón —Elegy, sin ir más lejos, por citar un estreno reciente que, además es de directora de por aquí—.
La tercera opción es adaptar la palabra inglesa a la forma con redondeo vocálico, "serendipia". Tal fue la elección por la que se decidieron, entre otros, el traductor de la obra de R. M. Roberts, Serendipity: accidental discoveries in science (1989), Ruy Pérez Tamayo (3). También la mayoría de la comunidad internauta prefiere esta forma a la anterior. Un simple vistazo a la estadística de búsqueda de Google revela 10.100 resultados en 0,05" para "serendipidad", frente a los 60.300 en 0,23" para "serendipia".
¿Serán, éstas, cifras y tiempo suficiente para la RAE?
La palabrqa merece el esfuerzo. Su historia, tanto o más que su significación, es, cuando menos, curiosa. Tiene su origen el topónimo सिंहलद्वीप [Sihaladvipa], de सिंहल [Sihala], ’Ceilán’, a partir de सिंह [siha], ’león’ y द्वीप [dvipa], ’isla’. Dicho topónimo, en su adaptación italiana, aparece en el cuento de Christoforo Armeno intitulado Peregrinaggio di tre giovani figliuoli del re di Serendippo, de 1557 (parece poco probable que, como asegurase Michele Tramezzino, el impresor de la historia, la narración de Armeno sólo sea una traducción del persa). El cuento —que corrió cierta fortuna por Europa— se tituló en inglés The three princes of Serendip. Y así llego a manos de Horace Walpole, el excéntrico autor de El castillo de Otranto, quien, el 28 de enero de 1754, escribió una carta a su amigo y Tocayo Horace Mann, diplomático al servicio de Jorge II, precisamente en Italia. Parece ser que, desde allí, Mann había enviado a Walpole un retrato de Bianca Capello, quien dos siglos antes fuese esposa de Francesco de Médici. Y como quiera que el cuadro no tuviese marco, Walpole quiso ponerle uno con el escudo de armas de los Capello. En la carta, explica a su amigo Mann que había tenido mucha suerte cuando, buscando el escudo de los Médici en un libro veneciano de heráldica, encontró el de los Capello:
[...] Este descubrimiento es del tipo que yo llamo serendipia, una palabra muy expresiva que voy a intentar explicarle, ya que no tengo nada mejor que hacer: la comprenderá mejor con su origen que con definiciones. Leí en una ocasión un cuentecillo titulado "Los tres príncipes de Seréndip": en él sus altezas realizaban continuos descubrimientos en sus viajes, descubrimientos por accidente y sagacidad de cosas que en principio no buscaban: por ejemplo, uno de ellos descubría que una mula ciega del ojo derecho recorría últimamente el mismo camino porque la hierba estaba más raída por el lado izquierdo—. ¿Comprende ahora la serendipia?
Al margen del lapsus que Walpole comete al trocar en mula lo que en la versión original era camello —animal más propio, sin duda, de una ambientación persa—, queda claro que el sentido que el novelista inglés da al término viene a ser el de un descubrimiento casual que no se pretende y que, a veces se logra mediante la percepción de detalles accidentales que suelen pasar inadvertidos a personas no perspicaces. Como decía al principio, el castellano, de momento no dispone más que de referencias de uso —"serendipidad" o "serendipia"—, pero el senido con que se utilizan son coincidentes con el de Walpole, lo mismo que en otros idiomas —italiano, "serendipità"; francés, "serendipité"; alemán, "serendipität"; holandés, "serendipiteit"; portugués, "serendipidade"; incluso esperanto, "serendipeco"—. En catalán, el DIEC, normativo, recoge "serendipitat" como término de léxico común con el significado de "Descubriment casual o imprevist fet per un investigador en el curs d’una recerca orientada a altres objectius i amb pressupòsits teòrics diferents" —la periferia nos lleva ventaja—.
En fin, como escribiese en su carta el bueno de Walpole: "Now do yo understand serendipity?"
Yo creo que sí, pero de a pie como es uno, a ras de insignificancia y sin presumible trascendencia para el saber humano, habré de seguir contentándome con gozar de vez en cuando de una feliz casualidad, bien por pura potra, chiripa, carambola, chamba o chorra —distinta de la manchueleña, ésta última, claro—. Un poco a lo Wyoming en el vídeo, supongo. O, a lo sumo, subsumir mi posible casuística al Principio de sincronicidad de Jung, que así queda más chula la cosa. Dejemos las serendipias para los grandes hombres como Arquímedes, Colón, Fleming o Galvani. O para los inventores del teflón o el post-it.
(1) "Sacar un pleno en la Loto y llevarse mil trescientos millones es... una casualidad; llegar a cualquier sitio y poder aparcar en la puerta... una chiripa; estar en la cola del paro y enamorarse de la chica de delante que, además es maravillosa y, encima, te dice que sí, eso es una serendipidad". (Suplemento Semanal de Madrid, 10.06.90).
(2) "Si hubiera que adoptar un solo anglicismo mi voto sería por la inclusión en nuestro vocabulario de ’serendipidad’, el suceso o la cualidad de hacer descubrimientos por accidente. Todo el que se haya dedicado a los menesteres del pensamiento podrá constatar la existencia de ese raro fenómeno, parejo a la intuición, vecino de la fortuna y de la suerte." (La perversión del Lenguaje, Madrid-1994, extraído de RAE: Banco de datos CREA [en línea]. Corpus de referencia del español actual, 26.04.08).
(3) "Como investigador científico activo, no ignoro que con frecuencia los resultados de las observaciones o experimentos (con los que se están poniendo a prueba ciertas ideas y teorías) pueden ser sorprendentes y hasta inesperados, con lo que sirven para revisar las teorías originales o para generar nuevas ideas sobre el mismo problema, o hasta para abandonar el campo en que se estaba trabajando y emprender tareas completamente distintas. Este fenómeno es tan frecuente que los investigadores científicos hemos acuñado una bella palabra para denominarlo: serendipia. Pero cualquiera que sea el resultado de la actividad científica (confirmación o modificación de las teorías científicas originales, cambio completo de hipótesis, o hasta de campo de investigación) siempre se refiere a lo mismo: a las ideas". (Ciencia, paciencia y conciencia, México D.F.-1991).
BIBLIOGRAFÍA: —Baiget, Tomàs: “Serendipidad”, en El profesional de la información (mayo, 1994). —Gómez Romero, Pedro: “Serendipi... ¿Qué?”, en CienciaTeca (mayo, 2002). —“Serendipia”, en Wikipedia. —“Serendip”, en Wiktionary. —REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Banco de datos CREA [en línea]. Corpus de referencia del español actual. —M. Seco, O. Andrés y G. Ramos: Diccionario del español actual. —REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la lengua española (22ª ed. y avance de la 23ª ed.)
Varia miscelánea de viejas notas.

Servilletero sobre una mesa, por González-Alba.
Cuántas veces no habremos garabateado una endeble servilleta de papel en un bar. Cuántas veces no habremos escrito un Te Quiero, por ejemplo, o cuántas no, un apunte de urgencia de una idea que queremos evitar perder.
Éstas que aquí dejo, rescatadas de la pérdida y del olvido, maculadas de café y fechas transcurridas, pertenecen a un tiempo en que yo ni siquiera era todavía yo. ¡Tanto hace!
- La mayoría de curas, queriendo ser los arquitectos de Dios, no llegan más que a albañiles.
- Todavía no entiendo bien cómo el hombre no ha convertido el infierno en unos altos hornos.
- Para obrar bien, hay primero que saber qué es un mal pensamiento.
- Cuando Jesucristo obró milagros para ser creído y darse a conocer, inventó la publicidad.
- El amor es como una buena comida: mejora mucho con los condimentos.
- El amor... ¿Alguien puede decir cómo surge una suave brisa?, ¿alguien, un violento huracán?
- Alguna vez pensé que si La Tierra fuese plana, la vida sería el desarraigado diario que Dios escribe en su secreter universal.
- Cuando no había duda de que la tentación era el dominio del Diablo, va Dios y crea a Eva para el pazguato de Adán.
En fin, amor y poquedad de fe.
Egoísmo altruista (oxímoron, pero no tanto).

Egoísmo, por Enetenetu.
Siempre he sostenido que el ser humano es egoísta; aun en su altruismo, pues lo es por naturaleza.
Entiéndaseme. Soy consciente de que, si por egoísmo entendemos aquella actitud con que se atiende sobremanera al propio interés, descuidando el de los demás, difícilmente puede darse a un tiempo diligencia ninguna en procurar el bien ajeno, menos aún a costa del propio. Analicemos, empero, aquellas actitudes humanas que, por su bondad, son libres de toda sospecha y concluiremos que en ellas se da también algo de egoísmo, de buen y fructífero egoísmo.
Existen personas que, generosidad en mano —y esfuerzo en la otra— emprenden épicas labores de ayuda a los demás. Y no son pocas, ciertamente. Pienso, por ejemplo en aquellas cuatro amigas que dedicaron su tiempo de vacaciones, durante cuatro años, a colaborar en Calcuta con la madre Teresa y, al cabo, una de ellas lo abandonó todo en Catalunya para irse a dirigir la delegación de una ONG en Bangladesh. Pienso también en Hannah y su ímproba labor como médica durante cinco años en el África occidental francesa. Y pienso, claro, en la cantidad de voluntarios activos, activistas de pro, que colaboran en tantos y tantos proyectos sociales y humanitarios de las distintas ONG. A todos ellos, mi incondicional admiración.
Son estas personas, junto con esas otras, capaces de acciones innúmeramente más humildes —ceder el asiento en el autobús, ayudar a quien lo necesita a cruzar una calle, donar sangre... —, las que me valen para ejemplificar ese egoísmo al que me refería al inicio y que nos es consustancial.
En todas y cada una de estas abnegadas obras, desde las más filantrópicas y quijotescas a las más sencillas y consuetudinariamente nobles, subyace un fondo de inocuo egoísmo. Bien es cierto que el egoísmo tiende a ser inicuo y no inocuo, por lo que acaso cabría hablar preferiblemente de amor propio. Sin embargo, uno de los rasgos significativos primordiales que establecen la diferencia entre el egoísmo y el amor propio es la desmesura, la inmoderación. Y lo que me propongo aducir es, precisamente, que en las acciones a las que me refiero hay tanto amor a uno mismo como al prójimo.
En cierta ocasión eché a correr tras un ladronzuelo que acababa de dar un tirón de bolso. Verdad es que el egoísmo me hubiese hecho restar impasible; pero, incapaz como era de sentir indiferencia, a la vez que hubiese tratado de consolar a la pobre chica asaltada, me hubiese sentido mal conmigo mismo. ¿No es, pues, cierto que al echar a correr pensaba también en mí mismo? Además, ¿no nos hace felices hacer felices a los demás? Indudablemente, sí. No es que quienes se aventuran a paliar las graves enfermedades de los niños moribundos de Calcuta o quienes vacunan a las indefensas criaturas de África sean don quijotes; esas buenas gentes no tratan de deshacer todo género de agravios buscando cobrar eterno nombre y fama. Con todo, es innegable que , en buena medida, también hacen lo que hacen porque se sienten bien consigo mismas.
Vuelvo —sema ’exceso’ al margen—: el altruismo no es más que la consecuencia, enaltecida y sublime, de ciertos reflejos anímicos de complacencia en la consideración de nuestras propias obras. Podemos ser altruistas porque, afortunadamente, no podemos dejar de pensar —al menos un mínimo— en nosotros mismos. No podemos dejar de ser mínimamente egoístas.
Dicen las paredes.

Grafiti en La Plaza del Congreso, Buenos Aires, Argentina, por Hanneorla.
En la pared de un váter público:
Si es posible militarizar a los civiles, ¿por qué no, civilizar a los militares?
Y entonces me he acordado de algunas de las verdades que Dicen las paredes en el Libro de los abrazos, de Eduardo Galeano:
En el sector infantil de la Feria del Libro, en Bogotá: El locóptero es muy veloz, pero muy lento.
A la salida de Santiago de Cuba: Cómo gasto paredes recordándote.
Y en las alturas de Valparaíso: Yo nos amo.
En Buenos Aires, en el puente de La Boca: Todos prometen y nadie cumple. Vote por nadie.
En Bogotá, a la vuelta de la Universidad Nacional: Dios vive.
Y debajo, con otra letra: De puro milagro.
Y también en Bogotá: ¡Proletarios de todos los países, uníos!
Y debajo, con otra letra: (Último aviso.)
En pleno centro de Medellín: La letra con sangre entra.
Y abajo, firmando: Sicario alfabetizador.
En la ciudad uruguaya de Melo: Ayude a la policía: tortúrese.
Pura inteligencia, la del grafito del pueblo.



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